Joyas Inmobiliarias
 
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Aprender del Tao
La casa principal de “El Manso” (Cadanes, Piloña, Asturias) llevaba abandonada más de 15 años pero la primera sensación que tuve nada más entrar fue de calor, a pesar de que era pleno mes de febrero. Desde el principio supe que la casa poseía fuerza en sí misma y no podía enfrentar una renovación sin tener en cuenta los elementos que me habían atraído y los que supo ver, por añadidura, Fernando García Erviti, mi amigo arquitecto cuya visión del espacio transformó, entre otras cosas, mi propia idea de una biblioteca, un espacio sólo para leer que ha sido hasta ahora sueño de infancia.

En Asturias, la tradición celta está muy arraigada en lo que se conoce en Feng Shui (pronunciado Fan-Shuei) como “unir el cielo y la tierra”, es decir, mantener una relación estrecha con la naturaleza e incorporar esa energía a los espacios.

Esquemáticamente, no hay más que contemplar un hórreo para entender de qué se trata, desde los pegoyos de piedra hasta el tejado a cuatro aguas y el espacio aireado sobre el que se sostiene. Los techos y los suelos son el cielo y la tierra de una casa. La conexión entre ambos se llama “hombre” en Feng Shui pero no como sexo o género sino como un principio de unión, como un puente, y de ahí parten las alfombras, los muebles y las lámparas.

Yo había aplicado Feng Shui en mi casa washingtoniana, donde estaba viviendo entonces, cuando compré “El manso”. La energía hogareña cambió efectivamente, tras consultar con Penélope Anne Lindsay, una especialista en este arte chino de la colocación, basado en siglos de investigar la interacción entre los lugares y las gentes. El resultado es similar al que se respira después de hacer una limpieza general en una cocina, por ejemplo, desde los cristales hasta los muebles, ordenados por dentro también. Ese “orden natural de las cosas”, como no poner los zapatos en una repisa superior y los sombreros en la inferior, se relaciona también con los elementos de construcción tradicional que en Feng Shui están enlazados con los 5 elementos de la naturaleza (madera, fuego, tierra metal, agua) que a su vez se subdividen en distintas formas o perspectivas.

He entrado en cada uno de los espacios de la casa muchas veces en silencio y en vacío, simplemente para contemplar cómo es la habitación en cuestión y si lo que espero de ella es aplicable o debo mover la idea a otro espacio. También he aplicado ceremonias de lhasang, es decir quemar enebro o bien salvia, como hacen algunas culturas tradicionales en América del Norte, para “limpiar” el espacio, y poder sentirlo más claramente desnudo.

El primer reto al que me enfrenté en “El manso” consistió en que, según el Feng Shui tradicional, las vigas de madera a la vista en los techos sobrecargan a quienes están debajo, de manera que se tiende a ocultarlas, pintarlas o colgar festones para ”airearlas”. En “El manso” estaba claro que no podía hacer nada de eso. En primer lugar, las vigas son elemento de construcción tradicional en Asturias, de roble y de castaño. En segundo lugar, las más antiguas son enormes tesoros de aquellos árboles y están ahumadas de muchos años de cocina, matanza y hogar, con fuerza propia. Y en tercer lugar, yo no quería una casa moderna con elementos disimulados sino buscar la forma de entender el espacio clásico y convertirlo en acogedor a mi manera. Mi conexión espiritual con el budismo tibetano me dió la idea de usar los colores y, además, en vez de festones, he colocado algunos banderines tibetanos y japoneses, por ejemplo, en esas vigas ennegrecidas de la cocina, cosa que le da un aire festivo y luminoso a la planta baja de la casa.

El color “rojo carruaje” es uno de los tradicionales en Asturias y fue el primer golpe de vista lo que impulsó esa elección para la segunda planta, regida por una galería de ventanas, muy tradicional en Asturias, que es el espacio más contemplativo, con la cordillera del Sueve de frente. Los pilares de madera que unen la galería a la antojana inferior también están pintadas en ese tono de rojo. Sin embargo, mi idea original de aplicar diferentes colores a las distintas habitaciones, para que encajaran en el “bagua” o mapa de Feng Shui, no fue posible por razones económicas: ya no podía añadir más gastos a un presupuesto que empezó a expandirse en cuanto el antiguo desván se amplió y hubo que invertir en suelos y nuevas vigas de madera. El único cambio grande en la casa no afectó a la estructura y consistió en levantar medio metro la altura del tejado pero eso, a su vez, provocó ampliar la ventana sobresaliente del mismo que se triplicó en tamaño, para disgusto de mi amigo Fernando. Sin embargo, yo estoy muy agradecida a esa y otras excelentes ideas y mejor trabajo de artesanía de Toño Toraño, el constructor y resolvedor de problemas variados, habitante y cazador del concejo de Piloña, al que se le ocurrió motu propio que esa ventana superior, la que ahora forma parte de mi dormitorio, debía ofrecer el Sueve en toda su amplitud.

Con Toño Toraño hemos aprendido todos los que hemos estado siguiendo el proceso (entre otras cosas construyó a mano la chimenea del cuarto de estar, con tiro natural, que no ha dado ni un solo problema jamás) y él también ha incorporado a su quehacer el rescate de algún elemento que pensaba descartar. Es el caso del “sardu”, un entramado de varas de avellano y piedra menuda que se utilizaba como pared, cubierta por una mano de llana. Al picar la pared de la escalera y descubrir el sardu debajo, con más de 80 años de antigüedad, se dispuso a tirarlo, pero Elena Menéndez, la arquitecta de afición, y asturiana de cuerpo entero, que estaba a cargo de la obra como si fuera yo misma, recomendó que la dejara a la vista. Toño no sólo hizo caso sino que contó en su entorno ese detalle y yo misma descubrí que el rescate del sardu fue acicate de curiosidad hasta para los parientes de Toraño que vinieron a contemplar el resultado para poder aplicarlo en sus propias viviendas.

El segundo reto de la casa, con el plano dibujado por Fernando a mano, fue resuelto gracias a la recomendación de Anne Penelope Lindsay. La especialista en Feng Shui (en chino, literalmente, “viento/agua”) me indicó que dos de los tres baños con los que cuenta la casa renovada, estaban en el centro del edificio y sin salida al exterior. En Feng Shui esto se considera problemático y puede hasta desencadenar complicaciones de salud para los habitantes de la casa. El consejo que recibí fue añadir algo de luz y aire a estos espacios sin dilación. En el aseo de la primera planta sólo cabía la chimenea de respiración, pero en el contiguo a mi dormitorio, en la tercera y última planta, pedí a Toño Toraño que no cubriera el espacio de la susodicha chimenea sino que colocara un cristal, en vez de una plancha de madera para taparlo. Pese a su asombro con mis explicaciones de teoría china de decoración (“estes madrileñes...”) el resultado lo noto ahora a diario: entra la luz de la mañana por el techo, sobre el mismo retrete, y produce menos sensación de agobio que si estuviera completamente cerrado.

La representación de los 5 elementos del Feng Shui no ha terminado aún en “El manso” pero compruebo que, cuánto más vivo la casa, más claro voy viendo los detalles. El elemento madera es el predominante y tiene que ser compensado con metal, aire y agua, ya sea a base de objetos realizados con esas materias o con colores que las representen o con formas asociadas (rectangulares y tubulares con la madera, piramidales y cónicas con el fuego, cuadradas con la tierra, semi-esféricas con el metal e irregulares con el agua). A veces el arreglo se ve inmediatamente al contemplar el espacio y otras veces, cómo no, la paciencia ofrece una visión certera sobre lo necesario y lo irrelevante.

Quien se interese por el Feng Shui puede consultar una variedad enorme de publicaciones y libros, además de distintas páginas en la Red.

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